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Poemas

CABO DE GATA
(In memoriam Javier Egea)
A Joan Margarit

Fue éste su paisaje.
Desde el acantilado,
las rocas de color cárdeno oscuro
descienden hacia el mar
y vuelan las gaviotas sobre el faro
dejando atrás las barcas en la orilla,
las redes en la arena
batida por el viento de levante.

Al aire del desierto,
a la tierra quemada de las minas
distantes como emblemas del exilio
le llevaba un camino que atraviesa
dunas, cauces, vaguadas,
la roja sequedad de un mundo a solas.
El agave y la yuca
habían resistido el temporal,
las aguas transparentes
encerraban los bosques sumergidos,
las ágatas al fondo,
los últimos vestigios de una luz
acostumbrada a restos de naufragios.

Fue éste su paisaje en otro tiempo,
éstos fueron los símbolos
que quiso compartir bajo la estela
del sol del mediodía,
un sol que a veces hiere
como la culpa o el resentimiento,
como una despedida.

Él siempre hablaba de la soledad.

Desde el acantilado veo ahora
unas casas en ruinas,
una vela rasgada
y un retorno imposible.

La yerta soledad de las torres vigía.

De Inventario del desorden (1994-2002)

Foto: Ruina en el camino de Los Escullos a Cala Higuera, © IA

TIERRA QUEMADA

“Yo recorrí con mis besos las huellas de su paso
como el lector recorre las letras de la línea.”
Ben Safar Al-Marini de Almería (siglo XIII)

No la lluvia, sino el fuego que enrojece dunas, puentes de luz por veredas desiertas. El aire apenas mueve ramales oscuros, lejanos relojes sepultados en ciudades que he conocido a través de tus ojos; tierra quemada, buque fantasma que emerge de los arrecifes más secretos, igual que una pasión que se asocia vagamente a las sombras del retorno.

Es éste tu paisaje, tu aurora desvelada.

Serán nuestras las aristas del incendio. Será nuestro el mar junto a las barcas arruinadas por la tempestad y ese olvido que se instala y crece desde el viento de los años. Miro la claridad del agua en tu cuerpo, como una vela extendida, tu cintura sobre la arena, cuando parece que sólo existe un silencio de ágatas y espuma, de rocas desplegadas hacia estáticos inviernos, y sin embargo un rumor, un gesto, unos aparejos nos recuerdan que no estamos solos, que hay una historia que nos aproxima, acaso una raíz que hiere la tierra salobre.

Para vivir contigo el viaje de la luz, la región de la esperanza.

(1983. Inédito en libro)

 

AGUAMARGA

Su casa pudo estar aquí. Una torre vigía
permanece en la alta claridad
donde no cede el viento de levante.

Su casa pudo estar aquí,
junto al acantilado,
abierta al bullicio de agosto
y al sonido del agua.
No llegó a conocerla.

(Vino después el oleaje
de aquel invierno débil,
el desierto y la noche,
las puertas que se cierran)

Es su memoria una casa de aire,
la arena y el silencio
de una playa perdida.

De Casa invadida (1995)

 

Antonio Jiménez Millán